Necesitamos recuperar la pausa, el disfrute del proceso y el valor del esfuerzo

Profesor de Educación Física

CEIP Federico García Lorca (Olivares) | Premios Educa Abanca, 2025

Soy maestro desde 2003 y he trabajado en numerosos centros educativos: colegios con un elevado número de alumnos, de difícil desempeño y también rurales. En todos ellos he aprendido algo nuevo. Actualmente desempeño mi labor como docente especialista en Educación Física en un colegio rural de una pequeña pedanía del término municipal de Moclín, Olivares. Está ubicado en la provincia de Granada, al noroeste de la capital. Dispongo de unas instalaciones excelentes, con familias muy cercanas y colaboradoras en todos los proyectos que proponemos, y en un entorno inmejorable, digno del mejor documental que pueda existir.  El número de alumnos es reducido -apenas 50-, pero lejos de suponer una limitación, se convierte en una oportunidad para ofrecer una enseñanza más personalizada, cercana y significativa. Nos esforzamos por motivar al alumnado y por proponer una forma diferente de aprender, basada en proyectos reales y conectados con el entorno, diseñando situaciones de aprendizaje que les permitan adquirir los saberes básicos, desarrollar las competencias clave y alcanzar los criterios de evaluación establecidos en el currículo. Estamos convencidos de que este enfoque es la base de un aprendizaje profundo, duradero y funcional. A partir de esta experiencia surge una pregunta recurrente en el ámbito educativo y social: ¿es mejor la educación que ofrecen los centros educativos hoy en día o la que se ofrecía hace 50 años?

 Como ya he mencionado, llevo 23 años como docente; por lo tanto, he vivido como alumno la enseñanza que se ofrecía anteriormente y estoy viviendo, como profesional, la que se ofrece hoy en día en los mismos centros educativos. Además, estudié en un centro muy cercano a aquel en el que actualmente presto mis servicios.  Desde mi punto de vista, es imprescindible diferenciar dos conceptos que a menudo se confunden: educación y enseñanza. Educar es un proceso continuo, que se desarrolla las 24 horas del día y en el que la familia desempeña un papel fundamental. La escuela no sustituye a la familia, pero sí actúa como un agente social clave que complementa, refuerza y, en ocasiones, corrige ese proceso educativo. Enseñar, en cambio, hace referencia a la labor específica del docente: diseñar y desarrollar situaciones de aprendizaje, transmitir conocimientos, facilitar la adquisición de saberes básicos y acompañar al alumnado en el desarrollo de capacidades, competencias y actitudes que le permitan desenvolverse de manera autónoma y crítica en la sociedad.

En este sentido, el docente deja de ser un mero transmisor de contenidos para convertirse en un mediador del aprendizaje, un gestor pedagógico que selecciona, organiza y contextualiza los conocimientos en función del currículo y de la realidad del alumnado. Sin embargo, no todos los maestros gestionan este proceso de la misma manera. Algunos optan principalmente por el libro de texto; otros integran de forma intensiva las nuevas tecnologías; otros combinan diferentes metodologías; otros apuestan por el aprendizaje experiencial y basado en proyectos —enfoque que considero especialmente valioso— y, en algunos casos, todavía se recurre a la improvisación. La diversidad metodológica existe y es necesaria, siempre que tenga un sentido pedagógico claro. 

Volviendo a la cuestión inicial, considero que la enseñanza de antes no era mejor que la actual, pero sí creo que la educación de antes superaba a la de hoy. Durante décadas, el alumnado aprendía fundamentalmente mediante la memorización y, en muchos casos, a través de métodos coercitivos resumidos en refranes tradicionales como «la letra con sangre entra». Personalmente, esta forma de aprender siempre me resultó inquietante. Ya de niño disfrutaba más creando maquetas, participando en viajes escolares, convivencias con otros centros, proyectos prácticos o salidas al medio natural. Es cierto que se adquirían conocimientos, pero a menudo a costa de un sufrimiento innecesario y poco pedagógico. En aquel contexto, la educación tenía un peso social incuestionable. El docente era una figura de referencia no solo para el alumnado, sino también para las familias y para la comunidad en general. Su autoridad no se cuestionaba y existía una clara distancia entre maestro y alumno. Además, gran parte del aprendizaje se producía fuera de la escuela: en la calle, en el juego libre, en la interacción con iguales, donde se ponían en práctica habilidades sociales, valores y conocimientos adquiridos en el aula.

En la actualidad, el panorama ha cambiado de forma notable. Desde mi punto de vista, la escuela de hoy enseña mejor los contenidos: no necesariamente más, pero sí de una manera más eficaz y ajustada al currículo competencial. El profesorado está mejor formado y es más consciente de la importancia de trabajar a partir de situaciones de aprendizaje contextualizadas, que permitan al alumnado movilizar saberes básicos, desarrollar competencias clave y transferir lo aprendido a contextos reales. Sin embargo, paralelamente, la educación entendida como formación en valores, normas básicas de convivencia y respeto mutuo se ha visto claramente debilitada.

Hoy en día, la figura del docente ha perdido reconocimiento social. Su criterio se cuestiona constantemente, incluso delante del alumnado, lo que debilita su autoridad pedagógica. En muchos casos, se sobreprotege al alumno, evitando cualquier esfuerzo o frustración bajo el pretexto de no generar malestar emocional. Como consecuencia, se diluyen hábitos esenciales como el saludo, el respeto en el trato, el uso de fórmulas de cortesía o la asunción de responsabilidades. Vivimos en una sociedad cada vez más individualista, centrada en la satisfacción inmediata y en el bienestar personal por encima del colectivo.

Desde esta reflexión, considero que antes se enseñaba peor, pero se educaba mejor, mientras que hoy se enseña mejor, pero se educa peor. Es importante matizar que la enseñanza reglada que se desarrolla hoy en los centros escolares es claramente superior a la de décadas anteriores, tanto en planteamientos metodológicos como en coherencia curricular y atención a la diversidad. Además, el aprendizaje de antes era más lento y profundo, lo que facilitaba la consolidación de conocimientos y capacidades a largo plazo. En la actualidad, el alumnado recibe una gran cantidad de información, pero carece del tiempo y la calma necesarios para asimilarla, aplicarla y reflexionar sobre ella. Se aprende mucho, pero se profundiza poco.

Ante esta realidad, la escuela debe adaptarse a los cambios constantes de la sociedad, pero hacerlo con criterio pedagógico, pausa y reflexión. La tecnología avanza a una velocidad que, en muchos casos, supera la capacidad de adaptación de la mente humana, lo que está generando un aumento de problemas relacionados con la salud mental. No obstante, la tecnología no es el problema en sí mismo: ha llegado para quedarse y debe utilizarse como una herramienta al servicio del aprendizaje y del trabajo docente, facilitando procesos y optimizando tiempos.

Como afirmaba Marshall McLuhan, filósofo de la comunicación: «Damos forma a nuestras herramientas y luego nuestras herramientas nos dan forma a nosotros». Esta idea resume de manera brillante cómo la tecnología transforma no solo la sociedad, sino también nuestra forma de pensar y de relacionarnos. Nos estamos dejando arrastrar por la inmediatez, por lo rápido y lo sencillo, en lugar de detenernos a pensar, a analizar y a elegir con criterio propio, ajenos al constante bombardeo de intereses económicos y políticos.

Ahí reside, a mi juicio, el verdadero reto de la educación actual: formar personas críticas, con capacidad de toma de decisiones y con una sólida inteligencia emocional que les permita desenvolverse en un mundo acelerado, estresado y competitivo. Necesitamos recuperar la pausa, el disfrute del proceso y el valor del esfuerzo. Esa es, quizá, una de las grandes contradicciones de nuestro tiempo: hemos cambiado el vuelo profundo por la sensación fugaz de volar.

Soy maestro desde 2003 y he trabajado en numerosos centros educativos con un elevado número de alumnos, de difícil desempeño y rurales.